viernes, 21 de septiembre de 2012

Sí a la Paz.




  A  LA  PAZ 
“ Bienaventurados los no violentos,  
porque ésos van a heredar la tierra (…)
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
    porque a ésos los va a llamar Dios hijos suyos”
                                                            (Mateo 5: 5,9)


Intenta realizar fielmente lo que a continuación te indico:  NO te imagines un gigantesco elefante de color rosa encima de un árbol.
Muy probablemente, yo diría que con toda seguridad, a pesar de haberte pedido que NO lo imaginases has acabado creando la imagen mental que tenías que evitar.
Lo que quiero expresar es algo mucho más profundo e importante que un mero juego.
Quiero insistir en la importancia de lo que pensamos, de lo que decimos y, sobre todo, de la manera como lo decimos.
Esto es algo que la psicología de la comunicación ya ha puesto de manifiesto: hay que ser muy cuidadoso en el uso de las negaciones porque a veces no conseguimos sino dar más fuerza, realce o valor a aquello que, paradójicamente, queremos negar.
Algo similar a cuando le decimos a un niño “NO abras ese cajón”.  Ese “no” no hace sino abrir la curiosidad del niño y es muy probable que, en cuanto pueda, lo abrirá para ver su contenido. No pocas veces el prohibir no hace sino alentar, suscitar aquello que se quiere evitar.

Por esta razón es preferible siempre un enfoque “afirmativo” desde el que se hace referencia no a lo que se debe eludir, rehusar, impedir o prevenir sino a aquello que se ha de favorecer, provocar, movilizar o afirmar.
No es lo mismo decir “no hables” que “escucha esto tan interesante que dice….”  o “tu silencio nos ayuda a todos”.
El énfasis se hace no tanto en ir negando, oprimiendo o reprimiendo lo negativo cuanto en afirmar lo positivo.

Todo el mundo está plagado  con pegatinas, slogans, gritos, expresiones con el “NO A LA GUERRA”. 
Siendo tan importante y tan sentido este grito que desde lo más hondo de nuestro corazón late en estos tiempos no podemos olvidar que no siempre que digo “no a la guerra” estoy afirmando la paz. 

Porque aún no habiendo guerra puede no estar viviéndose en paz.
Si no hay guerra pero tampoco justicia, la paz está ausente.
Todo sí a la paz excluye toda forma de guerra, agresión y violencia.
Pero no todo “no a la guerra” lleva consigo una afirmación de la paz.
De hecho, incluso los que proclaman la necesidad de la guerra expresan que ellos no la quieren e incluso llegan a caer en la esquizofrenia de afirmar que defienden la guerra como medio para conseguir la paz. 

El “sí  a la paz” va mucho más allá de un simple impedir que las bombas caigan sobre un pueblo inocente.
Decir “sí a la paz” implica destronar a los tiranos (a los que bajo burdas formas de dictadura  someten a un pueblo hambriento y a esos otros que bajo ropajes democráticos manipulan, engañan e hipnotizan a un pueblo empachado de consumo).
Decir sí a la paz  supone estar dispuesto a renunciar a parte de nuestro bienestar para que el bienestar se extienda también a los que menos tienen. Decir “sí a la paz” es contraer un compromiso en la forma como resolvemos nuestros conflictos cotidianos (en la familia, en el trabajo, en la calle…).
Decir “sí a la paz” es una llamada a desactivar las bombas que aún están enterradas en mi interior, es una convocatoria al perdón y un silenciamiento de las propias envidias, avaricias y resentimientos.
Decir “sí a la paz” es un modo de no verter la propia agresividad camuflada de pacifismo, es un negarse en rotundo a sacar tajada politica de la guerra (ya sea afirmándola o negándola); es un no comerciar ni petróleo, ni votos, ni acciones de bolsa a cambio de la vida de ningún inocente.


Al gritar desde estas líneas “Sí a la paz” me adhiero a todas aquellas personas que siguen creyendo que “no hay camino para la paz sino que  la paz es el camino” y que siguen confiando en el ser humano como un ser de paz y en el planeta Tierra como algo más que un gigantesco mercado. 
                                  …….   José María  Toro   ……..

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