Un blog para compartir latidos de entrega a la Vida y, más específicamente, a la tarea más noble y de más alta responsabilidad: EDUCAR.
Una puerta que se abre para adentrarnos en el reconocimiento de lo que nuestro Corazón ha sabido siempre.
PULSACIONES.
Escucha las palabras y frases.
Déjate acariciar por ellas.
Saboréalas con tranquilidad.
Déjalas entrar dentro de ti.
Hazlas entrar por cada poro.
Hazlas llegar a cada célula.
Percibe el palpitar de cada idea.
Siémbrala en tu corazón.
Y date tiempo para germine y crezca.
Es sólo cuestión de tiempo y de paciencia. Música:“Indigene” (Armand Amar)
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Ya se dijo: “es más importante dar que recibir”.
Pero no pocas veces es más importante “saber recibir” que dar.
Nuestro modo de dar va a depender de nuestras maneras de recibir.
Saber recibir implica reconocer las propias limitaciones, oquedades, necesidades y carencias así como la suficiente humildad como para dejarse ayudar, regalar, satisfacer o llenar por otros.
El orgulloso o prepotente no sabe recibir porque no sabe qué necesita o de qué carece.
Dar nos colma porque uno siempre se atiborra, rebosa de aquello que ofrece o entrega.
Es una felicidad poder dar y es sabiduría saber dar en el momento justo, de la manera precisa y adecuada a quien realmente lo necesita y puede hacer un uso responsable y constructivo de aquello que se le entrega.
Solemos asociar la generosidad al hecho de dar, pero aún mayor es la que encierra el gesto de recibir: cuando permito que otro me dé, estoy permitiendo que goce con su ofrenda, que se realice en su ofrecimiento, que se llene de lo que me entrega.
Saber recibir es saber abrirse, tornarse disponible y receptivo.
Saber recibir es un movimiento especialmente hermoso en la coreografía de la humildad porque sólo los humildes saben recibir, agradeciendo.
Sabe recibir quien sabe agradecer.
Es desde este agradecimiento, que surge de sentirse regalado por la vida, que brota espontáneamente y de manera natural el deseo sincero de corresponder a tanta generosidad dando algo a cambio.
El dar que sigue al recibir no es ninguna obligación y no responde a un mero “ajuste de cuentas” sino que se convierte en un anhelo del corazón, es un impulso amoroso, en un gesto de justicia poética y en un movimiento de armonía cósmica.
Todo en la vida tiene un movimiento, un ritmo, una secuencia, un ciclo, en definitiva, un sentido.
También mi vida.
Hemos convenido contar nuestra vida por años. No porque sí. En ello se encierra un profundo significado al que no siempre accedemos. La Tierra tarda un año en dar una vuelta completa en torno al centro de su sistema. Cada año vuelve a estar en una misma posición con respecto al Sol. Cada año reinicia su movimiento, su danza. Y nosotros vamos con ella, cada uno desde la posición concreta en el espacio y en el tiempo que conforma el momento preciso en el que nos incorporamos, nos sumamos a ese peregrinaje.
Ese momento es el día de nuestro nacimiento.
Como la Tierra, cada año volvemos al punto inicial con respecto al centro de ese sistema que somos cada uno. Por eso, cada año se nos da la oportunidad de revisar, reflexionar y celebrar lo que cada uno es y cómo cada uno se mueve en la coreografía cósmica del vivir.
Cumplir años es mucho más que avanzar en el tiempo, es avanzar en el espacio inconmensurable de lo que cada uno es y está llamado a ser.
Cumplo verdaderamente años si, en el transcurso de los 365 días, he avanzado en el desarrollo de mi esencia, de mi identidad, de mi singularidad.
El cumpleaños tiene un carácter reflexivo (reviso mi sustancia, mi naturaleza, mi existencia) pero también, y sobre todo, festivo.
Este año he decidido hacer de mi cumpleaños un acontecimiento, una fiesta en la que el momento decisivo es aquel en el que, sobre el pastel de lo que soy y vivo, no apago velas sino que las enciendo. Con este sencillo gesto expreso mi deseo de seguir aportando luz, calor y conciencia a mi vida, la vida sencilla, humilde y profunda de cada día.
Cada aniversario es eso, juntar los versos de cada día, de cada momento, en un solo racimo, en un solo poema.
Y leerlo. Y gustarlo. Y celebrarlo. Y agradecerlo. Y comenzar, renovado, en el espacio en blanco del nuevo año, el baile sagrado de la afirmación y expresión de mi divina humanidad.
JOSÉ MARÍA TORO. Del libro: LA VIDA MAESTRA. Pág. 128 Editorial Desclée.
Texto original de José María Toro. Del libroLA VIDA MAESTRA. (2ª edición.) Editorial Desclée.
VIDEOCLIP 1http://bit.ly/2gLAV9fLA VIDA MAESTRA.(El cotidiano como proceso de realización personal)
La sonrisa es la línea curva que más directa llega al corazón. Dedicado a quienes siguen perfumando el mundo con el aroma de sus sonrisas.
TEXTO COMPLETO DEL VÍDEO.
La sonrisa es la expresión material visible de la manera como nuestro corazón palpita y siente. Mas sonreír es mucho más que un mero movimiento de la boca, es un gesto en el que se implica y se expresa todo el cuerpo y, por tanto, la totalidad del ser.
Se sonríe con la boca cuando se dibuja en ella la silueta de lo que verdaderamente somos: una fuente infinita de alegría.
Se sonríe con las manos cuando hacemos de la caricia una experiencia auténtica de encuentro con la piel del otro en la que reconocemos una presencia y no sólo una superficie.
Se sonríe con los brazos cuando nos abrimos para acoger al otro y acercarlo a nuestra parte más cálida y tierna, cuando nos fundimos y creamos un circuito de amor desde la aceptación y acogida del cuerpo del otro, tal y como es.
Se sonríe con los pies cuando vivimos cada pisada como una caricia a la tierra y en cada paso hacemos y recorremos camino. Sonreímos cuando el caminar no es un simple desplazamiento sino un gesto consciente y amoroso de acercamiento.
Sonrío con los oídos cuando reconozco en quien me habla un mensajero de algo que puede ser importante para mí, cuando mi manera de escuchar despierta en quien me habla su palabra más certera y auténtica, cuando me oigo en lo que oigo y ayudo al otro a expresarse en aquello que dice.
Sonrío con los ojos cuando mi mirada es profunda porque llega al centro sagrado de todo aquello que veo, cuando desde mis pupilas se proyecta un sutil halo de luz y calor que ilumina y acoge todo aquello que ve.
Sonrío con el almacuando a través de mi sonrisa celebro la bondad y la maravilla de todo lo creado y siento que es la Vida quien se alegra en mi propia alegría y transforma un sencillo gesto facial en puro don, en ofrenda, en regalo.
Nuestra cultura ha acabado postrándose ante una nueva deidad, una moderna “trinidad” compuesta por la rapidez, la velocidad y la prisa. Ante ella nos arrodillamos, entregándole en el altar de las ofrendas nuestro propio corazón.
En las olimpiadas siempre se reconoce y se premia a los más veloces. A veces me planteo si no es un poco absurdo consagrar toda una vida y machacar el propio cuerpo sólo por bajar unas décimas un récord olímpico.
En nuestro modo de entender la vida, de entendernos a nosotros mismos, no se levanta ningún podium para los lentos. No se otorgan medallas y reconocimientos a quienes no luchan contra el reloj sino a favor del tiempo.
La lentitud es proscrita, denostada y desvalorizada.
Cuando decimos que esta niña es lenta no estamos, precisamente, exaltándola, valorándola positivamente.
Cuando me dicen que la película era muy lenta me están invitando a que no vaya a verla.
Lo lento nos pesa, nos cansa, nos abruma y nos aburre.
Tal vez porque los ritmos lentos, las cadencias sin prisas y pausadas terminan acercándonos y mostrándonos nuestra falta de consistencia interior, el propio cansancio, la bruma en la que queremos ocultar nuestro propio desasosiego interno.
La rapidez y la velocidad siempre nos proyectan hacia fuera, nos centrifugan, dan cuerpo a la sutil huida de la propia verdad que nos habita. Correr no es sino un huir. Nos aceleramos para no darnos cuenta, para anestesiarnos, para dis-traernos.
Voy reconociendo, no sin dificultades, el sagrado valor de la lentitud.
Se me antoja que Dios es un Dios lento.... sin prisas...... que nos concede todo el tiempo del cosmos que necesitamos.
La evolución, contada en millones de años, es lenta. Dios no tiene prisa. Se mueve con lentitud, opera sin premura. Darwin, con su teoría de la evolución no niega un Dios creador sino que afirma un Dios lento.
La tortuga y el caracol son arquetipos de la lentitud. De ellos podemos aprender que sólo quien lleva su casa a cuestas no tiene prisa. No necesitan correr para llegar a ningún sitio, su casa va con ellos.
Yo no necesitaré correr más cuando me sienta que estoy en casa, que estoy en mi corazón y que, por eso, no tengo que precipitarme para estar en ningún otro lugar.
El arte de florecer.La Sabiduría de las Estaciones.
TEXTO DEL VIDEO:
El Arte de Vivir es el arte de florecer.
El arte de florecer es el arte de buscar la luz, de orientarse convenientemente hacia lo solar, es decir, hacia el propio centro.
En la esencia de la semilla está florecer y en la esencia de la flor está dar fruto.
En la esencia del fruto está, de nuevo, la semilla.
La flor es estación de tránsito hacia el regreso.
A través de la flor la semilla sale al aire para poder regresar de nuevo a la tierra.
Salimos para regresar. Regresar no es lo mismo que retroceder.
La semilla vuelve a la semilla no por involución sino por crecimiento. La semilla regresa evolucionando. La semilla vuelve a casa caminando hacia delante.
El arte de florecer es el arte de crecer, de evolucionar, de volver de nuevo al principio tras completar un ciclo, de retornar al vacío oscuro de la tierra después de haber preñado de belleza el espacio luminoso de la primavera.
La flor es semilla transmutada, luz que vuelve a la luz, alfa caminando hacia el omega.
Florecer es desplegarse, expandirse, abrirse.
Florecer es dar y darse, entregar. La flor siempre se ofrece, es ofrenda. La flor florece porque sí, no necesita de ojos, no reclama público y no espera vítores ni aplausos.
La persona florece cada vez que da lo mejor de si misma. Florecemos en cada mirada, en cada sonrisa, en cada caricia, en cada gesto que embellece el mundo.
La primavera es estación también en los ojos, en los rostros, en las manos; pero, sobre todo, en el corazón.
Todo lo que es sembrado en el alma florece en el corazón para dar fruto en cada una de las acciones que realizamos.
La savia del entusiasmo circula bombeada por el corazón haciendo de nuestro cuerpo un impresionante huerto y de nuestra vida un jardín.
Las flores casi nunca aparecen solas. Las flores florecen en manojos, en ramilletes, en comunidad. La flor es comunión de pétalos, vínculo de armonía y belleza.
El arte de florecer es el arte de ser flor.
Las flores son reclamo para tu mirada para que mirándolas te veas a ti mismo, a ti misma. Una flor es un espejo, un mantra visual, un koan por desvelar, un verso por redactar. Una cosa es mirar una flor y otra “enflorarse”.
La primavera no es sino el tiempo para mirar las flores y así comprender el fruto que estamos llamados a ser.
JOSÉ MARÍA TORO. Maestro. Escritor. Formador y conferenciante.
Autor, entre otros, de:
"Educar con Co-razón" (20ª ed.) http://bit.ly/2E9xt87
"La Sabiduría de Vivir" (4ª ed.) http://bit.ly/2nRusOR
"Descanser. Descansar para Ser" (3ª ed.) http://bit.ly/2scCib8
"La Vida Maestra" (2ª ed.) http://bit.ly/2gY46JQ
"Mi alegría sobre el puente.Mirando la vida con los ojos del corazón" (2ª ed.) http://bit.ly/2GZKaAi "El pulso del cotidiano. Ser-Hacer-Vivir-Realizarse" (2017)
http://bit.ly/2C4Fm8N
publicados por la Editorial Desclée de Brouwer.
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Coautor de: MAESTROS DEL CORAZON. Hacia una Pedagogía de la Interioridad.Ed. Walters Kluwer.